Literatura
Exibir por:

Cortázar nos tempos da cólera

um conto do grande cronopio, com minha humilde leitura dele.

Desenhos na parede

Ele seria um subversivo político somente na dimensão em que a liberdade de expressão fosse perigosa. Esse era o caso. Trata-se de um conto de Julio Cortázar que transcorre na Buenos Aires dos anos de chumbo, quando se desaparecia pela mínima discordância com aquela gente que a ditadura pôs no mando. A personagem fazia desenhos com giz de cera nas paredes. Eram imagens artísticas, por vezes até abstratas, mas diligentemente apagadas a mando da polícia. Arriscava-se muito, era uma espécie de paixão que lhe movia a vida: fazê-los depois visitá-los furtivamente para acompanhar o efeito que causavam nos transeuntes. Vê-los sendo apagados e insistir. Uma única vez pusera palavras: “me dói muito”. Este foi removido com maior urgência.

Um dia, ao lado do seu, surgiu outro desenho. O traço era feminino, ele supôs. Por algum tempo comunicaram-se assim. Em geral, era ele que começava, ela respondia, uma dança na parede. Ele dedicava agora suas andanças furtivas a tentar surpreendê-la, sempre fracassando. Até o dia em que, obcecado por conhecê-la, expôs um de seus desenhos em um lugar mais visível e arriscado, onde podia ficar observando mais tempo à sua espera. Ela não pôde resistir ao desafio e foi pega. Ele, não conseguiu ver mais que um cabelo e uma silhueta azul sendo colocada na viatura.

Uma triste história de amor desencontrada, mas linda e colorida. Retrata a obsessão dos regimes repressivos com o apagamento da poesia, da arte, da parte mais pulsante da vida nas ruas. A escuridão política começa com o enrijecimento das almas. A ascensão das piores ditaduras nasceu de disputas políticas, de crises econômicas, mas atendia ao impulso popular de simplificar a vida. É uma tentação eleger inimigos fáceis e sentir a satisfação de eliminar todos aqueles que forem apontados como discordantes. O obscurantismo nasce também da preguiça do pensamento.

Após todos estes anos de democracia, mesmo a nossa, com inúmeros defeitos e trejeitos inaceitáveis, voltei a temer novamente pela poesia dos desenhos na parede. Não tenho tanto medo dos militares, nem dos políticos corruptos, quanto tenho da população simploriamente indignada e daqueles que manipulam esses sentimentos. Assusta-me a vontade que parece falar nas ruas de eleger alguém, aquele que estiver mais à mão, para odiar. Já vimos esse filme, quantas vezes? Quantas ainda o teremos que ver?

O conto Grafitti é uma história de amor das antigas, daquelas em que os amantes nunca se tocam. Eles apenas se rondam, desenham e se excitam com o mistério. O perigo que nos ronda agora, que parece estar excitando a tantos, é de colocar no poder os que apagam a poesia das paredes, do mundo, do amor. Me doeria muito.

Graffiti (por Julio Cortázar)

A Antoni Tàpies
Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

03/02/16 |
(0)

Imposturas

É mais fácil falar do que não vivemos, os verdadeiros protagonistas da história são pouco eloquentes.

Rachel Dolezal, dirigente da Associação Nacional para o Progresso das Pessoas de Cor preferia ser considerada negra, em vez de afrodescendente. Essa precisão linguística só chamou a atenção depois dela ter sido denunciada como “falsa negra” pela própria família de origem europeia.

Tania Head, famosa sobrevivente do 11 de setembro não existe. Alegava ter fugido da torre sul enquanto seu noivo David morria na torre norte. David tampouco existia. A verdadeira nem estava em Nova York no dia da tragédia.

Binjamin Wilkomirski escreveu Fragmentos, livro muito premiado e traduzido em várias línguas, narrando sua experiência de criança judia nos guetos da Polônia e nos campos de extermínio. O autor era um suíço que nunca saiu seu país durante a infância. No auge do seu sucesso, a BBC filmou o encontro dele com uma mulher que teria sido sua parceira de infortúnios. Apesar do evento meloso, ela era na verdade uma americana que tampouco esteve nos lugares onde teria sido supliciada.

Os relatos falsos são mais dramáticos e explícitos do que os dos verdadeiros sobreviventes. Basta observar a elegância enxuta das memórias de Primo Levi, por exemplo. O problema é que esses mitômanos, mentirosos por delírio ou mau-caratismo, desvirtuam o importante depoimento dos verdadeiros protagonistas da história. Aliás, pela minha experiência, estes últimos não costumam ser muito eloquentes.

Quem viveu episódios traumáticos guarda em relação a eles uma reserva cheia de dor, auto-recriminações e duros questionamentos sobre a condição humana. É por isso que minha tia-avó respondeu, quando a questionei na infância, que o número tatuado em seu braço, resto indelével do campo de concentração, era “um telefone que ela não podia esquecer”. Nem mais uma palavra. Nunca mais.

A presença de uma falsa afrodescendente nesse grupo de impostores depõe do caráter igualmente traumático da escravidão, cuja memória se atualiza na desigualdade racial que insiste em sobreviver. Essas falsas vítimas, que assumem uma identidade marcada pelo sofrimento alheio e lhes emprestam uma narrativa fantasiosa, são porta-vozes dos sentimentos de uma maioria culpada pelos feitos de seus antepassados. É por isso que seus embustes têm sucesso.

É inacreditável quão longe chegamos em termos de frieza, de crueldade. E se fossemos nós nesses momentos, teria sido nobre ou covarde nossa posição? Depois da escravidão, extermínios e guerras, nossa história é uma ferida aberta. A mentira das falsas vítimas, assim como os discursos dos fascistas e racistas que negam a legitimidade dos fatos, depõe da dificuldade de lidar com ela. O passado nos questiona e o presente ainda pede que nos posicionemos. É hoje, não ontem, que podemos mostrar de que fibra somos constituídos.

Cortázar, que faria cem anos amanhã

Homenagem ao grande Cronópio através do qual aprendi a me sonhar.

Nos anos cinquenta, em Paris, um escritor anonimamente espera um tempão, sentado num bar, o suposto aparecimento do seu ídolo um pouco mais velho. Como previsto, pois era seu hábito, o enorme homem surge e ocupa sua mesa para trabalhar. O admirador conta: “Fiquei vendo ele escrever durante mais de uma hora, sem uma pausa para pensar, sem tomar nada mais do que meio copo de água mineral, até que começou a escurecer na rua e ele guardou a caneta no bolso e saiu com o caderno embaixo do braço como o escolar mais alto e mais magro do mundo.”

No excelente ensaio Último telefonema para o Cronópio, na revista Piauí de agosto, seu autor, o prolixo e debochado Reinaldo Moraes, é que narra esse episódio. Júlio Cortázar, o Cronópio que faria cem anos amanhã, é o aludido grande (em todos os sentidos) escritor dessa cena parisiense. Já o referido silencioso admirador, que fica esperando para ver o outro escrevendo, era nada menos que Gabriel García Márquez, mestre colombiano do Realismo Mágico, que perdemos neste ano, marcado por sucessivos lutos literários.

Parece um jogo de espelhos de escritores: Moraes conta, de uma ocasião em que Márquez observa enquanto Cortázar escreve. O grande Cronópio teria gostado dessa confusão. Na verdade, Gabo e Cortázar depois tiveram oportunidade de verdadeiro encontro, de modo que ele aprimorou a descrição anterior: “Era o homem mais alto que se podia imaginar, com uma cara de moleque sapeca dentro de um interminável sobretudo preto que mais parecia a sotaina de viúvo, e tinha os olhos muito separados, como os de um bezerro, e tão oblíquos que poderiam ser os do diabo se não estivessem submetidos ao domínio do coração” (Piauí, Pg.88)

De ambos, Cortázar e Márquez, tenho roubado sonhos ao longo da vida. Visitei Macondo, cidade imaginária de Cem Anos de Solidão, mais de uma vez. Mas nunca pretendi escrever ficção. Sou pobre de imaginação, tão chata que até meus sonhos são burocráticos: cumpro tarefas ou me martirizo por tê-las esquecido, perco objetos, digo bobagens, isso nos piores pesadelos. Nos melhores sonhos, dos quais raramente me lembro, faço percursos pueris. Tem quem sonha sagas, que dariam filmes de ação, terror, ficção científica, amantes que se desencontram ou se seduzem. Invejo-os.

Mais do que Reinaldo Moraes, autor do ensaio e ele próprio um ótimo escritor, e de Gabriel García Márquez, seria eu que teria motivos para assistir a essa cena do ato da criação literária, desabrochando em plena luz, com fervor. De certo modo faço isso quando meus pacientes brindam nosso trabalho com seus sonhos, nos presenteiam com pequenas peças de ficção dignas do País das Maravilhas, através das quais percorremos juntos os melhores caminhos das suas análises.

Talvez por essa mente burocrática à qual sou presa, admiro tanto quem torna nossas bobagens cotidianas em fantasia e encontro uma saída onírica para tomar emprestada no universo fantástico cortazariano. Para ele, a realidade está sempre à beira do sinistro: um sujeito pode morrer sufocado dentro da própria blusa, quando o ato de vesti-la pela cabeça torna-se uma tortura letal, como se a peça de roupa guardasse más intenções; o relógio que mais do que medir controla o tempo da nossa vida, deixa sua possessão bem clara através das marcas de pequenos dentes que ficam no pulso quando retirado; alguém sente-se incomodado por involuntariamente vomitar coelhinhos brancos num apartamento emprestado, eles constrangem o sujeito, menos por vomitar esses roedores fofinhos, o que ele trata como se fosse natural, e mais porque está bagunçando um pouco o ambiente pelo qual deveria zelar; de tanto observar um peixe estranho num aquário publico, pelo qual o visitante havia desenvolvido certa obsessão, um dia o curioso descobre-se preso do lado de dentro do vidro, havia se fundido com seu objeto de interesse; os admiradores de uma atriz famosa se organizam e a liquidam para que não decline do auge da carreira, em pleno palco, provando o caráter demoníaco dos fãs; poderia contar muitas mais histórias de Cortázar, algumas são brincadeiras lógicas, outras de linguagem, mas em boa parte delas a fantasia nos prega uma peça.

Os mais controlados de imaginação são medrosos, como eu. Tememos cair no Maravilhoso poço de Alice e de lá nunca mais voltar. Estou entre os que são demasiado atentos à fragilidade da vida, ao cotidiano sempre a ponto de colapsar, e para deixar-se sonhar livremente há de conhecer-se os abismos, mas também os meios de sair deles. Os escritores de verdade têm em sua arte as cordas, escadas, balões mágicos e tudo de que precisam para sair e sobrevoar mesmo as paisagens oníricas mais assustadoras. Meus heróis intelectuais são os que não temem a loucura, deixam que lhes brotem Macondos, tiram coelhos brancos da cartola da voz. Vou passar o resto da vida como Gabo, sentada àquela mesa, observando maravilhada o ato da criação.

25/08/14 |
(1)

Não perturbe

Quartos de hotel são um limbo necessário.

Terra de ninguém, isso é um clássico quarto de hotel. Os quadros serão meramente decorativos, o ambiente tem que ser paradoxalmente impessoal e acolhedor, sem marcas dos habitantes anteriores. Como uma prostituta dos ambientes, não entregará nada além do previamente pago e acordado. Recebe-nos com competência e nos expulsa com constrangedora objetividade. Numa espécie de vingança, deixamos para trás lixo e bagunça sem dó, mas percorremos os cantinhos temendo esquecimentos. Os lugares ocupados tornam-se ciladas, gavetas e armários parecem querer roubar-nos, prevalecer-se da confiança que lhes depositamos.

Há uma cena no livro As Horas, de Michael Cunningham, na qual Laura, uma dona de casa grávida e desmotivada aluga um quarto de hotel por um tempinho: busca um lugar onde não tenha que desempenhar nenhum tipo de papel. O hotel é não estar em parte alguma, imperturbável, a imaculada ausência de cheiros, o ir e vir vigoroso, impassível. Tira os sapatos e, sobre a colcha esticada deita-se para retomar sua leitura de Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf. Na verdade, pondera sobre o suicídio, cometido por um ex-combatente traumatizado e enlouquecido, personagem do livro e por sua autora.

Ali, naquele lugar peculiarmente vazio, ela escolhe continuar existindo. Morrer seria uma maldade com os seus, um gesto que abriria um buraco na atmosfera, através do qual tudo aquilo que criou seria sugado. O suicídio não a tentava de fato, apenas queria viver por escolha.

Dormir fora, mas sem estar na casa de ninguém, conecta-nos com certa autenticidade: é onde não somos ninguém que melhor nos conhecemos. Ali podemos terminar trabalhos pendentes ou descansar das jornadas turísticas, entregar-nos à intimidade sexual, ou mesmo viver angústia da eminência de uma palestra, reunião ou encontro e voltar com a ressaca do dever cumprido. Tenho duas amigas escritoras que acham hotéis inspiradores para pensar, como fez a dona de casa frustrada. Roupas sujas, souvenirs, sacolas de compras, shampoos ruins e toalhas sempre pequenas demais…

Talvez, das sempre desejadas férias, os hotéis (ou similares) sejam uma das partes mais importantes. É neles que ficamos à vontade no anonimato, que é a melhor parte das viagens. Precisamos ser amados e importantes, mas isso também exaure. Os vínculos exigem-nos estar à sua altura deles, alimentam mas também sugam, até o ponto em que não temos a menor ideia de por que vivemos. Um quarto de hotel é um limbo necessário. De tanto em tanto é preciso sair da vida, olhá-la de fora, o que é diferente de morrer. Só que na volta é sempre bom ter algo à nossa espera, nem que seja o cheiro peculiar da nossa casa e a confiança nas gavetas.

Nemesis

O lado lúdico (e útil) da rivalidade.

No esporte, o Jogo Limpo, mais conhecido como Fair Play, garante uma bela disputa, vitórias justas, derrotas vividas com dignidade. A vida seria bem mais fácil se isso vigorasse sempre. Mas nem sempre conseguimos ser tão construtivos. Na contramão disso, infelizmente, identifico em mim ideias que não trajam essa elegância esportiva. Costumo sentir inveja por rivais imaginários, em geral escritores com quem travo disputas dentro do meu pensamento. Estes, superiores em todos os sentidos, sequer sabem da minha existência.

Quando encontro textos publicados por eles, almejo-lhes o fracasso ou a mediocridade. Se o escrito for incriticável fico mordida, reconheço a derrota e conduzo-os, de mau grado, ao merecido pódio. Caso haja qualquer brecha para pensar que eu faria melhor, ou mesmo, suprema glória, que já escrevi de forma mais interessante sobre isso, eis a vitória esperada.

Em língua inglesa essa rivalidade tem um nome: é Nemesis. Originalmente esse é o nome da personagem mitológica responsável pelo controle da soberba, e a personificação da vingança. Em inglês, diz-se que um herói tem sua Nemesis quando possui um inimigo admirável, como o professor Moriarty é o contraponto à altura de Sherlock Holmes.

Não passa de uma inveja recreativa. Tanto que ela praticamente não surge em minha atividade profissional, a psicanálise. Os baixos pensamentos se confinam à escrita, meu trabalho das horas vagas. Meus Nemesis-escritores servem para escoar minhas rivalidades. São como o time adversário para um torcedor fanático.

Quem tem irmãos praticou essa competição saudavelmente ao longo da vida sem dar-se conta.  A disputa fraterna é construtiva, graças a ela ninguém pode almejar a perfeição, os rivais nos ressaltam as fraquezas. Sem isso, qualquer um se acha a cereja do bolo, o queridinho da mamãe, mas o nascimento de um irmãozinho costuma lembrar que o reinado é passageiro. Quando se tem irmãos mais velhos, serão um parâmetro, um ideal instigante. Como eles, meus escritores-rivais certamente ajudam a aperfeiçoar a escrita.

Sei que muitos dirão que há lugar para todos, pregarão um coração pacifista. Concordo com estes pensadores na prioridade da vida interior que leva ao constante questionamento de conceitos e valores, sem medir-se com ninguém. Porém, não há como negar que fazemos parte de um e vários grupos.

Na sociedade individualista nossa condição de seres sociais não tem muito prestígio. Ignoramos com prazer os laços que nos atam aos semelhantes e aos ancestrais. Cada um de nós gosta se imaginar um lobo solitário, um self made man, figura adorada do capitalismo, que não depende nem deve nada a ninguém. Quanto a mim, deixem-me com meus Moriartys, graças a eles posso pretender ser uma espécie de Sherlock.

Um psicanalista suficientemente narrativo

resenha do livro “A infância através do espelho” de Celso Gutfreind

Não é preciso ser órfão para ser adotado. Que o diga o escritor Celso Gutfreind, que cansou de “ser adotado” por escolas inteiras. Os alunos costumam ler e discutir algum dos seus livros (são 31, muitos deles de literatura para crianças), até o grande dia do encontro com o autor, onde conversam e o questionam.

Em um desses eventos, ele comentava a história de um personagem, um garoto que sofria de rejeição amorosa – Liana, sua amada, não aceitara o convite para dançar – quando um aluno fez uma pergunta fulminante. Questionou se, caso Liana pedisse para ele se matar, acederia. Assustado, o autor, que também é psicanalista de gente grande e miúda, respondeu que não, até o amor tem limites. Os olhos foscos do pequeno interlocutor não disfarçaram a desilusão: essa não era a resposta certa. Por essas intuições que os psicanalistas e os poetas têm, sim o autor também é poeta, ele tentou outra resposta: - Puxa, se é por amor, tem seu charme.

A afirmação foi arriscada, poderia estar autorizando o suicídio e nunca se sabe. Mas como poetas e psicanalistas vivem de cutucar a fera, conforme escreve ele, acabou falando o que parecia conveniente naquela hora. Depois soube pela professora que o menino era filho de um traficante morto e uma mãe suicida. Foi aí que entendeu que acabara de oferecer a uma criança órfã uma história em que amparar-se. O garoto passou a ser filho de um casal que se amava, onde sua mãe se matara por amor ao pai. Talvez não tivesse sido bem assim, mas era uma boa versão, a melhor possível para ele.

Nos anos de jovem psicanalista, Celso doutorou-se na França, onde conduziu um trabalho com crianças institucionalizadas, privadas de suas famílias. Vê-se que a orfandade lhe é íntima. A estas, propôs uma terapia com contos de fadas, que as deixou menos a sós com suas feridas incuráveis. Neurose e trauma entram onde a poesia falhou, explica-nos ele. Por isso mesmo decidiu que a literatura, forma derramada da poesia, poderia restituir algo do que a vida havia lhes arrancado. Para tanto, nada melhor do que histórias maravilhosas que foram lapidadas e consagradas por séculos. Se não era possível recuperarem os pais, pelo menos ficariam com algo do que eles teriam lhes dado caso tivessem podido continuar com seus filhos.

Para este psicanalista prosador, a narrativa é a forma em que os pais passam de fora para dentro de seus filhos. É como lhes deixam seu legado e os ajudam a nascer subjetivamente. Para tanto, alcunhou o termo “mãe suficientemente narrativa”, neste caso, representando ela o mar de histórias em que somos nutridos, banhados e batizados. Aqui vale contar outra história.

Há uma década atrás, escrevi com Mário um livro sobre psicanálise dos contos de fadas. Foi nessa ocasião que conhecemos Celso, na época já uma referência no assunto. Pedimos para utilizar e mesmo brincar com a expressão de sua autoria, falando de “pais suficientemente narrativos”. Ele aquiesceu, mas atribuiu a origem do termo a um colega francês, a quem já havia recorrido para consultar a fonte da ideia. O detalhe é que aquele tampouco lembrava em que ocasião teria alcunhado a expressão e assim ela acabou referida a uma comunicação oral.

Assim, o que era para ser um conceito, digamos, científico, pois fazia parte de uma séria tese de doutorado, acabou filiado a uma tradição narrativa, onde aquele que conta lega a autoria ao que escuta. É isso que fazem os pais, quando são suficientemente narrativos, é por isso que ele afirma que a mãe é literatura para o bebê. No caso dele, isso não é retórica, é pesquisa acadêmica, mas também é experiência clínica, é a vivência de ser pai e a de autor suficientemente adotado pelos seus pequenos leitores.

Chegamos então ao último de seus livros: A infância através do espelho, que está sendo lançado pela Editora Artmed. São dessa obra as histórias que conto aqui. Ao longo de duzentas páginas, ele tece as várias modalidades de vínculo entre a literatura, que diz ter sido sua primeira psicanálise (e Mário de Andrade um de seus primeiros analistas) e a teoria que hoje é a base de seu ofício de psiquiatra. O livro transita entre contos de fadas, relatos jocosos sumamente divertidos, histórias clínicas e a análise de obras poéticas como a de Emily Dickinson, Bandeira, Drummond. Longe das formalidades, além dos autores consagrados, ressalta o lirismo de uma frase proferida por uma pequena paciente: - Espremi tuas orelhas e saiu leite.

Se das orelhas de um analista pode verter esse líquido fundamental, é justamente graças à arte de transformar lacunas em boas e bem contadas histórias. Por bem contadas entenda-se que não se trata de prêmios literários, mas da eficácia da narrativa. A psicanálise como ciência é a arte da esperança, ensina-nos, e enquanto prática, insiste, é possibilitar o desenvolvimento da capacidade narrativa.

Uma última história para finalizar. Celso tinha um avô que fumava cachimbo, tomava cachaça, contava piada com sotaque polonês carregado no erres. Desde cedo propôs: – Escreverrrás a minha histórrria. O neto esperou, mas a história não vinha. Teve paciência, ficou por perto e entre goles e gols de partidas compartilhadas, o velho foi soltando seus causos, aventuras, guerra, a perda dos pais. Mesmo assim, para atender ao pedido de contar a história dele foi preciso incluir as lacunas, pois nem tudo consegue ser dito. Mas tenta-se. A isso o neto crescido dedicou sua obra.

O Dr. Gutfreind se explica: Até hoje a narração é cheia de silêncios, criptas e nós. Até hoje ela é poesia, mesmo quando se propõe a ser ensaio. É poesia para os vãos da prosa do meu avô. É fundamental saber dessa história para compreender o estilo da escrita marcada por essa missão. Ela legou, sem sombra de dúvida, um psicanalista suficientemente narrativo.

Livro e circo

Escrever é vingar-se do desejo que nos coloniza.

A quem ocorreria montar um circo onde um povo se reunisse para falar de um ato íntimo, individual, tranquilo e reflexivo como a leitura? Pois há 32 anos pareceu plausível à professora Tânia Rösing organizar um grande evento de literatura, no interior do Rio Grande do Sul. Ela contou com o apoio de um grupo muito especial de malucos, dispostos a viajar até Passo Fundo em época de vestir poncho. Capitaneados por Josué Guimarães que comprou essa idéia aparentemente inviável, escritores importantes de todo o país se engajaram no projeto, que foi crescendo, crescendo, até ocupar uma lona de circo! Abaixo dela discute-se sobre livros, tendências literárias, mas principalmente escuta-se os escritores falando de suas obras e processos criativos.

Se escrevermos qualquer coisa que torne necessário perguntar o que se quis dizer ali, provavelmente está mal redigido. Um bom texto prescinde da tradução oral. As letras precisam mostrar plena autonomia, abandonar seu autor como filhos que crescem, como um animal ferido do qual se cuidou e é devolvido à natureza, precisam partir sem olhar para trás. Para que então escutar os escritores, se suas obras já dão conta do que havia para ser dito?

Certamente não é para esclarecer sobre o que ele realmente “quis dizer”. Talvez ele nem saiba. Provavelmente nem se importe com isso. A fantasia não obedece às intenções do autor, é ele que se submete a ela. Mas depois que a idéia surge, o trabalho da escrita é uma lapidação suada, em busca da forma. O escritor constrói sua própria voz, um jeito peculiar de contá-la inserindo sua marca, sua assinatura. É assim que ele tenta se vingar da fantasia que o colonizou anteriormente, o estilo vira o jogo.

Curiosamente é também assim que acontece com nossos desejos, essas vontades ou tendências que mandam na nossa vida. Uma idéia se impõe, por vezes de forma explícita, por outras de maneira subliminar. Pensamos estar fazendo escolhas, enquanto as escolhas estão nos fazendo. Sucessos, falências, desvios de rumo, a trama da nossa vida por vezes parece ter sido escrita por um autor secreto que nos submete aos seus caprichos, que move os fios daquilo que queremos ter e ser.

Do mesmo jeito que os escritores, tentamos um ato de rebeldia sobre esses sonhos que se realizam em nós: vamos suar para lhes imprimir nosso estilo, nossa voz. Escutar os escritores serve para descobrir como esses bruxos das letras lidam com suas histórias, das quais são igualmente autores e protagonistas. Aprendemos como eles as subjugam, como um flautista faz dançar uma serpente. Eles submetem as fantasias às suas palavras, lhes imprimem a cadência da pontuação, torcem, recortam, as assinam. Escutá-los é aprender a fazer da vida uma arte. Parece pouco? Pelo jeito tem sido o suficiente para levar milhares de pessoas ao mesmo evento. É o respeitável público da mui espetacular Jornada Nacional de Literatura, que se inicia na próxima terça-feira.

25/08/13 |
(1)

O cachorro do vidente

As ninharias que preocupam são a chave para conhecer nossos temas de extrema importância.

“Sou uma pessoa muito ocupada: tomo conta do mundo.” Clarice Lispector segue: “No Jardim Botânico, então, eu fico exaurida, tenho que tomar conta com o olhar das mil plantas e árvores, e sobretudo das vitórias-régias. (…) Tomo desde criança conta de uma fileira de formigas.”

Entendo semelhantes inquietudes: muitos dos nossos sentimentos são pateticamente dedicados a esquisitas ninharias. Dá até vergonha de confessar. Conscientes da desproporção, sabemos estar vivendo um afeto deslocado. Lutamos contra tais pensamentos que atestam nossa futilidade. Pedimos a nossa mente perturbada: diga logo, o que na verdade está produzindo tanto ruído? Não adianta…

Quando estou às vésperas de viajar para minha cidade natal, como faço todo ano, sei que vou sentir uma pontada de angústia se não reencontrar o cachorro de um vidente que sequer consulto. Chego e vou ver se o homem está em seu posto, onde instala sua banquinha de búzios. Ele veste roupas surradas de velho hippie e usa longa cabeleira branca. Ao seu lado, instalado em uma almofada vistosa, repousa seu cão, grisalho como ele. Certa vez constatei a falta do cachorro e senti um aperto no coração: um havia perdido o outro. Agora o vidente parecia patético, sozinho, miserável. Para minha satisfação, no dia seguinte o parceiro estava de volta. Com tantas preocupações dignas de nota, por que essa?

A cidade em questão é para mim lugar de muitas perdas, de lutos, mas também de férias felizes, da minha infância e das minhas meninas. O pequeno drama imaginário, no qual faço do cachorro e do vidente protagonistas de uma grande amizade é uma metáfora forte. Eles representam os vínculos que fazem de alguém um ricaço e as perdas que nos depauperam. Por isso temos que aceitar a incumbência de se ocupar das ninharias, elas são a chave os para temas de suma importância.

Clarice tinha a tarefa de olhar as plantas do Jardim Botânico, de cuidar da integridade da fila de formigas. Ela certamente sabia que nossa presença no mundo faz diferença, mas está longe de ser imprescindível. A minha com certeza mais prescindível do que a dela. Esse texto, chamado “Eu tomo conta do mundo”, termina com a frase: “só não encontrei a quem prestar contas”.

Mentirosa essa Clarice, ela contou para nós. Na crônica e na ficção, soube ser embaixadora da vida mínima, onde pulsam máximas emoções. Fazemos parte da fila de formigas de que ela tomou conta. Nos alinhamos menos solitários, graças à sua generosa sinceridade. É isso que faz um grande cronista, revelar a grandeza de nossas bobagens, sem cometer a descortesia de reduzi-las à razão. Eis meu sonho de consumo ao escrever e analisar nossa vida, que nem sempre sabe ser simples. Continuarei tentando.

Alma animal

Além de um vínculo amoroso terapêutico, um animal de estimação costuma ser um duplo do dono.

Donos de animais de estimação costumam ser acusados de dedicar-lhes um amor excessivo, por tratá-los como filhos. Isso é considerado um obsceno deslocamento de afetos. Tendo a discordar, quem quer filhos tem filhos, cães e gatos geralmente ocupam outro lugar.

Talvez a melhor representação disso esteja na concepção de Dimons que encontramos em “Fronteiras do Universo”, uma trilogia de que se inicia com “A Bússola de Ouro”, do britânico Philip Pullman. Estes são uma duplicação das personagens, sua “alma de estimação”. Na história, cada humano tem um Dimon (ou Daemon), sua extensão animal, como se a alma caminhasse a seu lado e ainda fosse possível dialogar com ela. O de Lyra, a personagem principal, chama-se Pantalaimon e pode assumir várias formas, mariposa, gato do mato, arminho, morcego, mudará conforme a necessidade. Quando ela crescer, sua personalidade tendo atingido uma forma mais definida, o mesmo ocorrerá com ele que assumirá uma identidade estável, sua melhor tradução.

Oriundo da mágica Oxford, Pullman lecionou lá como seus mestres Carroll, Tolkien e Lewis, mas encontrou um nicho de fantasia próprio. Conseguiu dar corpo novo a um recorrente aspecto do mundo mítico: as nossas metamorfoses como animal. Em muitas sociedades antigas os animais eram pensados como seres de outra cultura, não como natureza, tais como nós os concebemos. Imputam-lhes linguagem e credos, assim como atributos mágicos específicos a cada espécie. Conservamos algo dessa visão mágica, por isso o animal se presta para metaforizar o caráter e predicados que supomos ter.

É dessa ordem a relação que estabelecemos com nossos animais de estimação, cujo maior mérito é estimar o dono. Se são tratados como filhos, o são somente num aspecto da parentalidade, aquele no qual o filho é uma extensão do narcisismo dos pais: “‘Sua Majestade o Bebê’, como outrora nós mesmos nos imaginávamos.” , já dizia Freud.

O excessos de zelo com os animais de estimação parece ridículo aos que estão fora da cena. Mas quando problemas de saúde os afetam, seus donos apresentam um genuíno sofrimento, que aprendi a jamais subestimar. Da mesma forma, a morte de um animal de estimação arrasta consigo uma parte de nós, afinal, não dizem que os animais se parecem aos donos?

Por essa função de duplo que o animal ocupa, comemoro quando um paciente passa a estimar um para chamar de seu. Dialogar com essa criatura, adivinhar seus desejos e necessidades, é uma experiência amorosa que funciona melhor que muitos anti-depressivos. Se necessário use, não tem contra-indicações, além de que sempre é bom descobrir a cara de nosso Dimon. O meu é um Bulldog Francês ancião, cujos olhos enormes e dóceis mascaram uma natureza insubordinada. Meu número.

Do tempo das águas turvas

Banir Lobato pelo racismo impede a necessária discussão sobre os preconceitos e injustiças de cada época.

“País de mestiços, onde branco não tem força para organizar um Ku-Klux-Klan é país perdido para altos destinos”. Publicado na revista Bravo, edição 165, o trecho acima faz parte de uma carta enviada por Monteiro Lobato para um destinatário tão entusiasta da eugenia quanto ele próprio. Antes de ser ventilado o racismo de Lobato, lembro de ter enfrentado um constrangimento pessoal por suas posições.

Tinha o hábito de ler suas histórias para minhas filhas pequenas. Nos deliciávamos ao vê-lo trazer para nosso quintal um exército de personagens clássicos. O ogro verde Shrek, nascido no século seguinte, foi muito elogiado por mixar e recriar os contos de fadas. Só que no Brasil já estávamos habituados a essas paródias graças à irreverência de Lobato. Peter Pan, o Gato Félix, anjos e seres mágicos da mitologia, da literatura e do folclore confraternizam no Sítio do Picapau Amarelo. Era empolgante essa mestiçagem na ficção, algo que aparentemente ele não aprovava na vida real.

Quando apareceram expressões inaceitáveis alusivas à Tia Nastácia, minhas filhas se revoltaram e perderam o entusiasmo pelo Sítio. Acabaram reincidindo, não há menina brasileira que tenha crescido alheia às reinações de Narizinho. Aliás, é bom lembrar que ela casou com o príncipe peixe do Reino das Águas Claras sem nenhum preconceito! Essa pequena crise doméstica deixou-me claro que hoje banhamo-nos em outras águas, bem menos turvas.

Nosso tempo não perdoa o racismo. Hoje é inaceitável a incoerência de valores entre vida pessoal e obra. A hipocrisia, embora eterna, perdeu espaço. Como valorizar algo feito por aqueles que a história condenou? É sempre bom lembrar que os campos de extermínio nazista derramavam sua fumaça fétida sobre as comunidades que viviam coladas a eles. Como era possível àquela gente conviver com esse horror? Condenando Lobato ao ostracismo, banindo suas obras, julgamos que nada se aproveita de alguém assim. Seria o mesmo que condenar todo o legado cultural da população da Alemanha e da Polônia pelo que promoveu. O julgamento é justo e necessário, mas separar o joio do trigo vale a pena. Principalmente por que as crianças precisam saber que o autor genial, assim como o cidadão vizinho ao campo, eram pessoas comuns como nós. Eles cometeram muitos erros e, mesmo hoje, nenhum de nós está livre de imitá-los. Covardia é furtar-se a esse debate com filhos e alunos. A propósito, ontem foi o Dia da Consciência Negra, data pensada para lembrar das atrocidades que somos capazes de cometer.

21/11/12 |
(0)